Una familia móvil

Dana Ferrari, Audición fatal, 2021

En la corte del emperador Gaozong, los aspirantes al título de pintor tenían que cumplir una serie de etapas. La evaluación general tenía fecha en primavera: cientos de jóvenes llegaban del campo y la ciudad y se instalaban en los patios del palacio. Se les daba daba seda, tinta, un pincel, y un poema de dos versos sobre el que debían pintar. A menudo era una alegoría sobre la naturaleza, pero sin trama. Algo enigmático. Se premiaba la sutileza, es decir la sorpresa. Quienes la lograban, eran admitidos como pintores de temas clásicos, y podían dedicarse a la emulación de los maestros. Quienes no la lograban pero la insinuaban, podían consagrarse a hacer obras derivada de la tradición. En un tercer puesto quedaban los que solo tenían permitido hacer copias de los clásicos. Las graduaciones entre categorías pueden ser más difíciles de apreciar que el sistema de géneros que impusieron las cortes europeas (naturalezas muertas, retratos, paisajes, escenas mitológicas, etc.) pero, cuando reinaba Gaozong, la península europea no pasaba de una serie de aldeas. Los problemas de géneros no existían. Un pintor podía ilustrar un poema, un cuarto o una cortina, y ese ser su orgullo máximo.

Donde sí se formulan problemas entre géneros, disciplinas y rangos es en el arte de la actualidad. Unx etnógrafx diría que las restricciones de parentesco entre las artes del siglo XXI han recrudecido a medida que sus limitaciones formales se volvían presuntamente más fluidas. Quienes se dedican profesionalmente al arte no suelen hacer arte popular (en cualquiera de sus miles de manifestaciones), lo mismo que levantan sospechas al trabajar como ilustradores. El contacto con las artes aplicadas y el arte comercial tampoco está recomendado. El arte alto, que los millonarios compran en galerías y promocionan en revistas e instituciones públicas a las que también financian, se autopercibe por encima del resto de disciplinas, como en un episodio psicótico donde unx es unx VIP entrando a una fiesta descomunal aunque en realidad esté entrando en un supermercado DIA de la calle Corrientes. El arte alto tiene el privilegio de convivir en tiempo y lugar con la cúspide de la riqueza (el cúmulo de productos del talento y el esfuerzo humano) a veces sin darse cuenta del gran guetto humano en el que estamos.

Dana Ferrari empezó a tener problemas con este sistema de dividir el arte en partes, como si buscara relaciones menos rígidas, vínculos no sanguíneos entre las distintas ramas de su trabajo, entre su trabajo y las personas que lo ven. Tiene que ver con creer en que el arte pueda actuar de sorpresa, por fuera de su propio cerco profesional. Yo no sé si se puede, pero comparto la ilusión. Pero lo importante no es lo que uno piense, sino de donde viene la idea.

Sus obras de la serie Los mareados, hechas con descartes de ropa y tela (medias usadas, gomaespuma, retazos) empiezan donde empiezan tantas buenas historias: con la salida de compras de unx artista a un lugar como el barrio del Once. La “constitución” que Ferrari les adjudica a estos objetos (muñecos invertebrados y sonrientes que podrían venir de las celebraciones de un carnaval o de la dramatización de un acto escolar border) no es la de una escultura. El chiste empezó con las cuarentenas del 2020. Ferrari les mandaba en uber uno o dos muñecos a amigxs o familiares que quisieran “adpotarlos”, tenerlos un tiempo en su casa. A la larga podrían ponerles nombre y todo. Si se cansaban de verlos o necesitaban el lugar, los devolvían.Si Dana misma se cansaba de tenerlos, podría abrirlos y reciclarlos.

Los mareados dudan de si son obras de arte o no, o qué significa ser una obra de arte. Son como hijxs de hogares difíciles, que no tienen una idea clara de lo que es una familia, más que a través de la proyección rota que surge al compararse con una familia ajena. Además, están hechos de materiales de descarte. El crítico Rodrigo Cañete lo reconoció cuando (en una de sus salidas coléricas) la llamó “ciruja”. Pero llevarle la contra a Cañete en este caso sería contraindicado: es mejor dejar el adjetivo en el aire (ciruja), y hay más para contar de Ferrari.

Los mareados, 2020

Dos datos importantes: Ferrari estudió escenografía y también formó parte de un grupo de becarixs del Centro de Investigaciones Artísticas que quiso quitarle adultez al arte y reconectarlo con circunstancias más azarozas, y que después siguió como grupo en un proyecto paralelo: La Baranda (primero tomaron la baranda de la escalera de CIA como galería, después llevaron la Baranda a otros lados, otros países incluso). Entre lxs animadores estaban Felipe Álvarez Parisi, MIA Superstar, Andrés Gorzycki, Jorge Pomar y muchos más. Ferrari también colaboró en ocasiones con el músico Miguel Garrutti. (En el festival El sol por atrás que organizó Denise Groesman en 2020, Ferrari diseñó el vestuario para una salida de Garruti tocando la flauta vestido de monstruo. En varias ocasiones, Los mareados también sirvieron de asientos, acompañantes de gomaespuma y público falso en conciertos de Fantasía y abstracción, el dúo que Garruti comparte con Simón Pérez. Actualmente Ferrari y su colega Clara Campagnola, del estudio Ricas, diseñan el vestuario y la escenografía de una video ópera que Fantasía y Abstracción va a presentar en el Centro de Experimentación del Teatro Colón..)

Asiento — de almohadones — público de relleno en un concierto de Fantasía y abstracción

¿Un tipo de arte que no tenga relación con lxs expertxs, o que pueda disfrutar de su propio bastardeo? En 2019 RICAS tuvo una muestra en una galería, de la que participó Santiago Rey como invitado. Algunas de las ideas sobre las que Ferrari trabaja, las comparte con Rey. (Sus esculturas, muñecos y retratos con boca rolinga, podrían salir de prestado en la foto familiar de Los mareados). En 2021, empezó a sacarles fotos a los muñecos y, después, a pintarlos, en una gran alegoría musical, especie de ópera rock (aunque ópera tango de pinturas, sería más exacto), una serie de telas que presentó en su muestra individual Las noches.

Las noches, 2021

El alcohol nos ha embriagado… / Que me importa que se rian / Y nos llamen “los mareados”

(“Los mareados” es un tango compuesto por Juan Carlos Cobián que inicialmente se llamó “Clarita”. No tenía letra, que fue posteriormente agregada por Raúl Doblas y Alberto Weisbach cuando incluyeron el tango en su obra teatral titulada Los dopados que se estrenó el 4 de mayo de 1922 en el teatro Porteño de la ciudad de Buenos Aires, según Wikipedia.)

Antes de terminar me gustaría establecer una filiación entre los servicios que Ferrari ofrece dentro de RICAS (como escenógrafa — diseñadora — realizadora) y su producción individual.

Según dicen las artistas en su misión:

RICAS es un colectivo integrado por Clara Campagnola y Dana Ferrari. Trabajamos desde el 2013 transformando espacios a través de objetos, instalaciones y ambientaciones, a partir de la reinterpretación de piezas decorativas. Partimos del valor estético de los objetos de lujo y los recreamos en piezas pseudo preciosas de constitución precaria.

En esta misión, nos define el amor por la artificialidad y lo excéntrico, la puesta escenográfica, cierta ironía respecto a la materialidad, el gusto por lo decorativo, la abundancia y el exceso. Desestimamos la jerarquía de los materiales por su valor intrínseco y buscamos su transformación hacia lo precariamente ornamental.

El colectivo no aporta solo las horas-persona que necesita cualquier idea, por expansiva que sea, para convertirse en realidad, sino sobre todo las ideas de la producción publicitaria. El trabajo es de comunicación sobre todo, pero comunicación con una buena dosis de manualidad. A veces, la realización terminan dejándola en manos de otrx realizadorx.

En la producción individual de Ferrari, especialmente a partir de la serie Los mareados, la escenografía, la construcción de muñecos (figuras humanoides rellenas, como en la técnica japonesa del amigurumi pero en otra escala y con una actitud más border) busca algo irregular y monstruoso. RICAS funciona como un estudio: unx cliente llega con una inquietud, o con una necesidad, sobre la que ellas piensan en la realización de una idea. Si bien todo es falso y excéntrico (y tal vez border también) la producción es eficiente y apunta a un objetivo. En Los mareados, todo lo contrario. El material se explaya. La suciedad brilla. Es una pobreza altanera, la textura del algodón gastado muestra el orgullo ciruja.

Vivimos convencidxs de que lo que hace unx artista debe ser distinto de lo que hace un titiriterx, unx diseñadorx de juguetes o unx publicitarix, por una especie de repelencia naturalizada. Pero no nos sorprende que revistas como Artforum y La nación publiquen reseñas de exhibiciones que son al mismo tiempo apuntes de inversión inmobiliaria y estilo de vida, como si el arte no fuera más que una lagaña en la piel de los superricos y sus “problemas”. A los mareados, en los callejones del mundo, no les importa. En su mundo de sueños fabricados, todo puede empezar otra vez, ser más lindo que antes, y tener mejor cara. Pienso en Dalí y su vidriera de Nueva York. Dalí trabajó con una gran tienda que lo contrató, sobre la Quinta Avenida. Le pidieron, algo específico. Lo que hizo no les gustó a los dueños y se lo cambiaron. Dalí se enojó y rompió la vidriera con un paraguas. No sé si quiero que vuelva un artista tan fácil de enojar, pero los vidrios rotos entre cintas de plástico de colores parecen sacados de un cuento.

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Claudio Iglesias (1982) desde 2005 escribe sobre arte en la prensa independiente o especializada. Más textos en claudioiglesias.tumblr.com

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