“Aprender algo desde cero y practicar hasta hartarse”

Cecilia Closa, Espeupento latino (2021)

En el mundo del arte, todo es magia y rituales; por eso es raro que alguien defienda algún tipo de racionalidad. Pero la racionalidad es algo distinto para cada una. Hay formas de creer que solo existen de a muchxs, y en movimiento. Entre quienes asisten a la caminata de San Cayetano, esa puede representar una forma de la racionalidad: caminar hasta lastimarse. En ese mundo, es muy posible que la racionalidad de los profesores de filosofía suene a chamuyo, a falsa oferta. Pero eso no nos preocupa.

Nos preocupa qué significan el sentido y el sinsentido para lxs artistas que cultivan alguna variante del razonamiento absurdo, como Cecilia Closa. Closa entre otras cosas es una coleccionista de irracionalidades, cristalizaciones formales del sinsentido. (El sinsentido aparece en la forma de pequeños cúmulos en un mundo liso.) La organización de la vida en la ciudad tiene una configuración óptima, a simple vista: hay trenes, avenidas, cables bajo tierra… en una economía tan optimizada, todo tiene sentido. Pero en un rincón puede aparecer una medialuna bajo la carcaza de un joystick de Playstation, con cuya forma coincide. Dentro del orden rectilíneo de la vida hay pequeños baches, glitches como el acontecimiento macabro con un yogur volcado y una cáscara de banana en el asiento de un micro.

Sin embargo, no todo es así. El absurdo puede ser algo más, una segunda naturaleza, una forma de vestirse y decorar la casa. Voy a citar el texto de Espeupento Latino, la muestra de Closa en El Dije:

Soy un pedazo de telgopor en una playa. Hay otro pedazo de telgopor adosado a mi cuerpo que me acompaña. Nos asomamos a través de una ligustrina que divide esa playa del terreno lindante y vemos a Javier Milei hablando por teléfono. Detrás suyo, dos de sus seguidores están vandalizando una lomita de tierra. Tiran chorros de Procenex y lavandina desde unos bidones con la intención de destruir el pasto.

Cecilia Closa tiene simpatías muy estrechas con el absurdo: integra el grupo Misionera (con Lil Lilen y Melisa Rheingruber) y sus colaboraciones dentro y fuera del grupo, y en su vida personal, se extienden a artistas como Marina Daiez, Marcelo Galindo y Juan E Odriozola. De ellxs, y del contexto que los rodea, que nos rodea a todxs en realidad, es mejor hablar más adelante. Ahora mejor seguir con lo de antes: el mundo tiene una forma más o menos racional, una cierta organización social y espacial, pero incluye también una dispersión de pequeñas nubes de sinsentido. ¿Por qué es así? ¿Quiénes lo hacen ser así?

Por la forma de nuestras sociedades, tendemos a creer que algunos individuos le dan forma al mundo. El mundo tiene programadores, o relojeros; personas infinitamente capaces y racionales: los que hacen el mundo. En las sociedades neoliberales, además, suelen ser los burocratas los que se creen world makers. Cualquiera que trabaje en un piso alto de un edificio, en la gerencia de una empresa p.ej., puede sentirse parte de la clase dirigerente, el grupo que influye, decide, ordena, y le da forma al mundo. Esta idea está tan bien repartida que hasta un profe de gimnasia, bajo el neoliberalismo, puede creerse “líder”, pero eso no importa. Hay dos dimensiones de la racionalidad: una es horizontal, y está hecha de circuitos, la otra es vertical, y es una representación de la forma de gobierno, de la obediencia social y los niveles de decisión.

Lo menciono porque la basura tirada ne la calle con la que dos artistas se sacan fotos, como Closa y Odriozola, es refractaria en estas dos dimensiones: parece ser algo ajeno a los circuitos que permiten el intercambio de información, y también un bache en las estructuras verticales que administran el sentido. Buscar estos hiatos en la gobernancia es como intentar atrapar una gota de sinsentido, quedarse horas esperando la medialuna joystick como quien refresca la pantalla de un viejo foro de internet.

Pero la pregunta es otra: por qué le gusta el sinsentido a Cecilia Closa, y qué relación tiene con el mundo. Especialmente, la forma acumulativa del sinsentido, el montoncito de significado intermitente que pareciera estar al margen de la logística de la ciudad. Ciertos rituales candomblé tienen una estructura parecida. En el medio de la ciudad, caminando de noche, podés encontrarte una pila de significado indescifrable. Otra estrategia es la de rodear la ciudadela del sentido, alimentar las llamas del sinsentido desde los contornos hacia el centro (como la teoría maoísta de la guerra popular prolongada) para que los cúmulos de pensamiento absurdo bajen a la ciudad como un desfile de carrozas incendiadas. Al costado de una ruta puede marcarse cualquier cosa, un santo popular, el lugar de un accidente, uan figura del folclore, una selfie con basura, etc. Al final, todo es folclore, religiosidad popular y selfie con basura.

Yo tengo una imagen invertida del tema. Pienso que el mundo no puede ser demasiado racional, porque está en transición. El absurdo no es algo discreto y contenido en un montoncito, como basura en una bolsa impermeable. Al revés, en los depósitos del pensamiento paralelo podría encontrarse mucha racionalidad.

En el trabajo de Closa y sus aliadxs, la pista del tema es la ciudad, su entorno, su reúso, sus ruinas. La ciudad es un hábitat también cuando vive toda arruinada. Espeupento latino es una especie de casa en el bosque, la guarida de un ogro o un animal, un hábitat hecho de telas y luces, con una cama y paredes de piel, una especie de mesita donde quedan cosas, un vaso (de piel) para dejar dientes, plumitas, llaves. Más que una ciudad, el lugar parece un nido. Los patrones de decoración tienen un look paleolítico, pero hay restos de vida urbana. Todo está hecho con restos, como un rancho. La vida más primitiva se alimenta de los volquetes, con sus muebles de baño en pedazos y las latas de pintura que se convierten en banquito.

Espeupento latino ofrece una imagen moderna, ecológica, de la ciudad. La imagen atrasada de la ciudad es una imagen idealizada: la ciudad como paisaje. Su imagen moderna, es la imagen del descarte como hábitat. El arte refleja el estado moral de la clase campesina porque su mandato es seguir a la naturaleza, como veremos después. Cuando el campesinado se mantiene indiferente a la lucha social, el arte se expresa a través de sentimientos opacos y en la idea moralmente conservadora del paisaje, las “tradiciones”. (En términos del pensamiento ruso, la figura de este ser todo hecho de tradiciones y conservadurismo es el mujik: el mujik por nada del mundo quiere que las cosas cambien.) Pero la idea conservadora del paisaje, suele ser la idea de alguien encerradx en su casa. No es el caso de Cecilia Closa.

Cecilia Closa y Marina Daiez, Ni idea (2019)

Lo peculiar es que la actividad de Closa en la ciudad no es edificante, ni edulcorada. La ciudad primero que nada es basura. Si hay vida en la ciudad, es dentro de la basura, en sus recovecos. Si el campo es atraso, la ciudad no es lo contrario del atraso. Pero el órden lógico es el inverso, y por eso este texto debería volver a empezar. No es que dentro de la ciudad haya basura. Al revés, dentro de la basura hay ciudad. Y en la ciudad hay cines, y bibliotecas de basura, museos de basura con conflictos sindicales y todo. Sobre todo, hay teatro, o escultura, que son casi lo mismo. Es algo que se puede hacer con un poco de tela, telgopor y luz: un teatro para las ratas. Ni idea (2019), una muestra anterior de Closa y Marina Daiez (en la galería NN, de la ciudad de La Plata), tenía algunas de estas ideas, era una serie de esculturas sobre iluminadas y sub producidas. Del texto de la exhibición, (firmado por “Botdriozola”):

Estas esculturas están destinadas a ser comparadas con el aspecto de los seres humanos y los animales, y las artistas esperan que el espectador pueda imaginar a los animales desde una perspectiva humano-animal. La primera parte es una serie de esculturas con perros y gatos como si fueran dos animales diferentes. Por ejemplo, el gato tiene dos cabezas, una para comer y otra para dormir. Cada perro lleva una bufanda de diferente color, y el gato lleva una amarilla. Hay cuatro esculturas separadas, y cada una está dedicada a un tipo diferente de animal: un perro, un gato, un caballo y un cerdo. Es muy importante entender las diferencias entre un perro, un gato y un perro-gato. Porque se ven y se comportan de manera diferente, aunque no sean técnicamente diferentes. Los perros no son como los gatos. Son como perros pequeños, no como perros grandes. Y los gatos no son como los perros. Se ven diferentes, caminan diferente, ladran diferente y así sucesivamente.

Volviendo al principio, y para terminar, hay algo más, una última consideración: los que hacen el mundo, lxs que deciden, no son tan interesantes como lxs que lo habitan, como quienes entienden que dentro de la basura hay ciudad, quienes viven el mundo como guetto. Por eso hay un eco entre Closa y lxs artistas de una generación anterior. Una referencia podría ser Luciana Lamothe, por su forma de vivir la ciudad. Otra (ya mencionada) es Galindo. Otra, Leopoldo Estol. Y podría haber otras. No importan los nombres. Importa la sensibilidad. Algo recurrente en los trabajos de Closa, y que es particular de la generación del 2000 más que de la última década, es la calle, y de la calle, la basura, los descartes, las obstrucciones.

Julieta Venegas o Shakira: la guerra campesina no tiene corazón
“En la medida en que las luchas políticas sean eliminadas”, escribió Trotsky imaginándose una forma de promisoria de socialismo, “las pasiones liberadas se canalizarán hacia la técnica y la construcción. Todas las esferas de la vida, como el cultivo de la tierra, la planificación de la vivienda, los métodos de educación, la solución de los problemas científicos, la creación de nuevos estilos, interesarán a todos y cada uno.” El arte es una especie de impulso psíquico colectivo, dice. En otro momento, lo define como “un complejo viviente de sentimientos y de ideas”. “La revolución no puede coexistir con el misticismo”, escribió (en “Arte revolucionario y arte socialista”, 1923, uno de sus ensayos más místicos sin embargo), mucho menos con el misticismo entendido a título individual. “En nuestros días no se puede andar por ahí con un misticismo portátil, algo así como un perrito que se mima. Nuestra época corta como un hacha.”

Pero esta “época” filosa, el trastorno humano y social generalizado, la trayectoria de un mundo en transición (como el nuestro, y también el de la época de Trotsky) le dirige la palabra a lx artista en un lenguaje especial, según dice. Lx artista busca plasmar la época, darle forma, capturar ese impulso psíquico colectivo. Por eso el lenguaje en el que la naturaleza le habla es el lenguaje de las canciones de Julieta Venegas, un lenguaje s/m en el que el amor es una especie de dominación demasiado intensa.

La naturaleza le dice a la artista:

Necesito a un artista capaz de un solo amor. Haz lo que quieras conmigo, me abandono a ti, a tu temperamento, a tu genio, para que me domines con los instrumentos que quieras. Pero debes comprenderme como soy, aceptarme como vengo. Y no debe haber, para ti, nadie más que yo.”

¿Qué pasaría si en lugar de este lenguaje, la vida les hablara a lxs artistas en el lenguaje de Shakira? Como Shakira, les diría que no se imaginen algo demasiado monumental, que la cosa no va tan en serio. “Soy solo una chica divertida”, les diría. Pero esto es paradójico. Porque lx artista sí quiere consagrararse a la vida, a su época (a la trayectoria del mundo en transición) y dejarlas reflejadas. Pero la vida en la voz d Shakira le diría que hacerle caso es no hacerle caso. Que tomársela en serio es no tomársela en serio, y que seguirle el ritmo puede ser una sucesión de interrupciones. “Es imposible mostrar la estupidez nueva sin nuevos métodos”, es la conclusión de Trotsky. El arte nuevo, dice, “será un arte ateo. La escultura debe perder su independencia ficticia, que la hace vegetar en los patios traseros de la vida”.

(Continúan las visiones de Trotsky, para lx que quiera seguir, se encuentran en el cap. VIII de Literatura y revolución: “La necesidad fastidiosa de alimentar y educar a los niños será eliminada para la familia debido a la iniciativa social. La vida del futuro no será monótona. El homo sapiens, actualmente congelado, se hará objeto de los métodos más complejos de la selección artificial. La construcción social y la autoeducación psicológica se convertirán en aspectos gemelos de un solo proceso”, etc., etc.)

El atraso educativo y personal se reutiliza como material de la comedia, como catarsis de las pasiones bajas. Trotsky le pedía obras bufas al arte de la revolución. El arte avanza dejando atrás la calidad. Pierde calidad a toda marcha, la abandona en el camino, la cambia por movimiento. La corriente de la vida impone una forma de sentir incluso cuando su discurso, como el de Shakira, es inconstante como la lluvia.

El trabajo de “hacer el mundo” con una perspectiva honesta hacia su propia transición es mantenerlo. La tarea no es liderar, sino limpiar el espacio de los sueños, para que el gueto de los sueños esté lindo, que dé ilusión lo lindo que está, que sea habitable para nuevas especies. El texto de Espeupento latino termina así:

La gracia del lugar es que se puede pasar una cantidad de tiempo infinita ahí dentro, sin que pasen los minutos en la calle. Específicamente lo usan para tomarse todo el tiempo necesario para aprender algo desde cero y practicar hasta hartarse. Llego a un salón muy alto, forrado de alfombras hasta el techo, me acomodo en un sillón y me pongo a tejer al crochet con una sensación de paciencia que no había sentido nunca. En un momento, se me va el sentido de estar haciendo eso sola, me aburro y salgo a la calle. Me cuentan que estuve 72 horas ahí adentro.

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Claudio Iglesias (1982) desde 2005 escribe sobre arte en la prensa independiente o especializada. Más textos en claudioiglesias.tumblr.com

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